CON LOS ZAPATOS ROTOS

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¿Alguno de mis lectores ha experimentado el andar con los zapatos rotos? Yo sí y en varias ocasiones de mi vida. No es algo de lo que me avergüence o reniegue pero tampoco es una experiencia muy agradable que digamos, ya saben, el agua se mete, la tierra te ensucia y las piedrecillas del camino te dañan por más que intentes evitarlo.

Recuerdo que cuando era estudiante de teología en un seminario allá por los ’90 anduve mucho tiempo con los zapatos rotos (de hecho eran los únicos que tenía). Así que me las ingeniaba para salvar con cierta dignidad esa etapa: le ponía plantillas de cartón a los benditos zapatos o bien me ponía doble calcetín pero eran soluciones pasajeras, los zapatos siempre terminaban por recordarme que estaban rotos, lo cual sucedía al final de cada jornada de aquel semestre lluvioso y gris (por cierto que mi esposa también anduvo al igual que yo con sus zapatillas rotas lo que me causaba más pena aún porque no podía hacer nada para remediar nuestra situación…, ¡qué impotente me sentía!). También recuerdo que en más de una ocasión me sentí miserable, enojado con esa situación porque como han de imaginar mis finanzas no eran las mejores. Y de tanto en tanto le reclamaba a Dios con un cuestionamiento que más o menos decía así: “¡¡¿Cómo es posible que yo, un seminarista, un «ungido del Señor», alguien que lo ha dejado todo por Ti deba andar por el mundo en tan deplorables circunstancias?!!”.

NUNCA recibí respuesta de Dios pero eso no me incomoda ––ahora––, porque ya con veinte años de experiencia, de cancha, de aciertos y errores mi fe ha madurado y puedo reflexionar lo siguiente: Andar con los zapatos rotos no es tan malo, de hecho no es nada extraordinario, tampoco lo fue mi precaria situación como estudiante. Es más, los zapatos rotos me recuerdan que sirvo a un Dios que provee, que nunca me ha dejado y no lo hará, pero que de vez en cuando permite que experimente carencias de todo tipo para que no olvide mantenerme humilde, dependiente y que recuerde que el sufrimiento es tan necesario para el crecimiento en la vida como lo es la alegría.

Así que si en este preciso momento andas con zapatos rotos ––finanzas bajas, ánimos caídos, proyectos fracasados, negocios no productivos, metas no logradas, o inclusive con zapatos rotos literalmente––, cobra ánimo, ¿quién dijo que sería fácil? Con zapatos o sin ellos sigue caminando porque la única manera de avanzar en la vida es precisamente ésta, AVANZAR. Y aunque tengas carencias, ¿qué más da? no será así para siempre, ¿no lo crees? yo sí, hay un Dios que me compró zapatos nuevos allá en los ’90 y lo sigue haciendo hoy de diferentes maneras.

¿Conecté con alguien hoy? Diga ¡AMÉN!


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Gabriel Gil es Coach Integral Sistémico y Mentor de vidas; de profesión teólogo y por vocación divina pastor. Su misión en este mundo es “guiar a las personas hacia Dios ayudándolas a mejorar sus vidas”; lo hace a través de sus escritos, podcast, vídeos y seminarios que imparte en América Latina.

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3 thoughts on “CON LOS ZAPATOS ROTOS

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