¡SERÁS COMO LOS DIOSES!

Acto 1: El encuentro

Se me acercó tan sutilmente que no me di cuenta cuando estaba junto a mí, o tal vez no quise percatarme. Se me pegó a mí y me abrazó, su boca en mi oído comenzó a emitir un sonido, un susurro en realidad; hablaba y yo escuchaba. Me tenía como hipnotizado. Su voz era espeluznantemente seductora, si hasta podía sentir el calor de su presencia… ¡se me puso la piel de gallina! Intenté zafarme pero al mismo tiempo me gustaba esa sensación, era el sabor de la tentación que me embriagaba hasta enloquecer. Sentí mi mundo estremecer.


Por fin pude entender lo que me decía y lo que estaba ocurriendo. ¿Se trataba de una visión, un sueño o una teofanía? Quizá todo al mismo tiempo. Mis sentidos se pusieron alerta cuando oí esas maquiavélicas palabras: ¡Serás como los dioses! Y entonces lo comprendí…, era ella, la bestia antigua que salió a mi encuentro.

Debo confesar que constantemente oigo su voz, ese sonido que viene hacia mí y me habla, pero yo lucho… “¿podré vencer hoy?” -me pregunto siempre-. Entonces exclamo desde lo más profundo de mi ser como de un sentenciado a muerte se tratara: “¡Ayúdame oh Dios, porque la serpiente es astuta y seductora! Ella me dice que seré parte de las deidades del cosmos, que podré reinar junto a ti, que Tú y yo somos iguales. Ayúdame porque soy débil y ella no se rinde; ayúdame Señor porque sus palabras me seducen” (de profundus clamo adite domine).

Por fin la voz se detuvo, ya no escucho susurros, ni verdades mezcladas con mentiras, no más intrigas; “me ha dejado en paz” -pienso-, pero dentro de mí sé que es sólo por ahora.

Acto 2: Los cinco deseos

La primera vez que tomé conciencia real de la frase “serás como los dioses”, fue en una clase de Antiguo Testamento, con mi profesor Tito Apéstegui (una eminencia en el campo de la teología veterotestamentaria). Los alumnos estudiábamos el libro de Génesis y estábamos profundizando en el tema de la “teología del mal” según el Pentateuco, fue allí que ese haz de luz iluminó mi ser. Sí, en medio del salón y mientras Tito nos explicaba -magistralmente por cierto-, mi espíritu se conectó con el Creador y recibí ese rhema bendito, esa palabra que mi hizo empatizar con la injustamente criticada Eva.

A Eva se la ha tildado de débil, falsa y la propiciadora de la caída del hombre, ya saben, puras conjeturas machistas que poco o nada tienen que ver con el mensaje escritural. La pobre de Eva ha tenido que soportar en silencio todo tipo de improperios que predicadores, teólogos, pastores y laicos han lanzado sobre ella. Es cierto,  Eva aspiró a lo que todo hombre y mujer quiere en esta vida, aunque no esté consciente de ello o quiera admitirlo: ser un dios. Por lo tanto, me atrevo a afirmar que si yo hubiese estado en ese momento y en circunstancias similares también hubiese cedido a la tentación, ¿a quién quiero engañar? Es más, la tragedia de Eva se repite día a día y de generación a generación en la especia humana…, somos esclavos de nuestras pasiones.

La serpiente despertó en los seres humanos -representados en Eva-, la bestia que todos llevamos dentro, ese maldito “Mister Hyes” que deambula por las calles cometiendo los crímenes más bajos, esa sombra siniestra que tenemos escondida pero que de tanto en tanto sale y nos avergüenza sin piedad. ¡Esa bestia, esa sombra no es otra cosa que los cinco deseos!

“Serás como los dioses” -dijo-. Pero, ¿qué implicaba esto? Esta frase encierra la ambición de alcanzar los cinco deseos que han gobernado al hombre desde su creación, deseos que han sido los iniciadores de toda clase de males, problemas, crisis, atrocidades y guerras, cinco deseos réprobos que -debo confesar-, a veces también me hacen tambalear. Estos deseos no son otra cosa que privilegios reservados para los ELOHIM del Universo, ¡y Eva los quería todos!

  • Poder
  • Conocimiento
  • Dominio
  • Vida eterna
  • Autonomía

Acto 3: ¿Los quieres todos?

¿Quieres ser como un dios? -Me dijo-. Yo puedo convertirte en uno. Mira, escoge uno de estos dotes…, mejor aún, puedo dártelos todos. Te haré poderoso, sabio, señor, eterno y autónomo…, serás la envidia de los demás. ¿Quieres ser un dios como yo? Su voz era convincente, pero no me dejé llevar porque recordé a un Rabí que fue tentado de igual manera: “Todo esto te daré,  si postrándote me adorares” (Mateo 4:9). Cuando recordé ese versículo mi espíritu tomó fuerza.

Veamos los cinco deseos ególatras:

PODER: Palabra que denota capacidad, autoridad, supremacía, señorío. Y los seres humanos anhelamos todos estos. Bien lo sabía el adversario cuando le dijo al Maestro: “Todo esto te daré si postrado me adoras”. Bandido y mentiroso, pero fue un buen intento hay que reconocer, aunque sabemos con certeza que el Rabí no se dejó engañar. Ojalá pudiésemos decir eso mismo de nosotros, ¿verdad? No obstante varios han buscado el poder y se han extraviado del camino, conozco a algunos en esta triste realidad. El poder mal habido corrompe al más santo de los santos… ¡cuidado con lo que deseas!

CONOCIMIENTO: Es esa búsqueda frenética del ser humano por llenarse de información, datos, inteligencia, discernimiento. No obstante la mucha investigación no garantiza el éxito. Bien lo saben quienes han dedicado su vida al mero conocimiento desplazando a un tercer plano cosas tan o más importantes que esto, como olvidando que “toda virtud en exceso se convierte en maldición”. Lo mismo pasa con el conocimiento, pues si éste no se lleva a la práctica en beneficio de los demás se vuelve estéril, putrefacto, vacío.

DOMINIO: Cuantas guerras existen hoy por este deseo carnal, el deseo de ser señor sobre el otro no importando el costo de aquello. Hemos interpretado de mala manera el versículo que dice “señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra” (Gn. 1:26). Sí, hemos mal interpretado a sabiendas. El espíritu correcto no es “enseñorearse de todo”, sino “administrarlo de la mejor manera posible” (eficiencia). Pero no, nos encanta dominarlo, subyugarlo, someterlo todo bajo nuestros fatídicos pies. Qué brutos nos volvemos cuando nos hacemos señores.

VIDA ETERNA: “Haznos entender que la vida es corta para así vivirla con sabiduría”, declara el Salmo 90. Y pareciera que esto irrita a muchos, pues ya no es raro encontrar en la ciencia, en la farándula y en la política toda clase de intentos por vivir eternamente; ya sea en una cámara criogénica, en la reproducción por medio de la clonación o viajando hacia las estrellas en busca de la fuente de la eterna juventud; como sea, el ser humano ha procurado este deseo desde siempre. ¡Queremos vivir por la eternidad! Y no obstante, esto es exclusivo del Único y Soberano Dios, ¿algún día lo comprenderemos? Pero la iglesia también busca este deseo, lo anhela con ganas de verdad: “Más allá del sol yo tengo un hogar…”, cantamos. Pero, ¿por qué no vivir bien aquí y ahora? Porque requiere compromiso, cambios, sacrificio.

AUTONOMÍA:  Algunos son adolescentes de por vida, ya saben, medio rebeldes, anarquistas y malcriados. Pero es tiempo de madurar, es tiempo de llegar a la edad adulta. Y sin embargo la autonomía es otro de los deseos más buscados… ¡no queremos rendir cuentas a nadie! Menos a un Dios que ni siquiera vemos. Nuestro anhelo de libertad es fuerte, potente y hasta desquiciado, no entendiendo que la única libertad es aquella bajo el dominio del Señor del Universo, el Amo y único Dios. Reconozcamos pues que “Él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos” (Salmos 100:3). Toda independencia conlleva un precio, ¿estamos dispuestos a pagarlo? No lo creo, sólo basta ver las noticias para darnos cuenta que poco o nada hemos hecho de bien con nuestra supuesta libertad.

Acto 4: ¡Ayúdame que perezco!

Las palabras del apóstol Pedro retumban en mi mente, su grito de auxilio es tan humano, tan real, tan profundo que desgarra mi ser; es como si se tratase de mí mismo cuando me estoy hundiendo en mis propias necedades. Entonces, cuando tengo problemas hasta el cuello, cuando ni el poder, ni el conocimiento, ni el señorío, ni la eternidad ni la autonomía pudieron ayudarme recuerdo que existe un dios, pero no uno con “d” minúscula; sino, el verdadero y Único Dios del universo. Levanto mi mano temblorosa y apenas puedo emitir palabra porque la bestia quiere ahogarme, pero Él oye mi súplica… “sálvame Señor que me muero”. Y su mano poderosa, como de un Titán se tratase se extiende hacia mí, sin reparos, sin reprimendas, sin condenas, simplemente me rescata del hoyo en el que estoy metido. Pero la bestia me jala los pies, es una asesina que busca mi muerte y casi lo ha conseguido.

Una vez a salvo lo abrazo y le digo: “Perdóname Padre por creerme un dios, por jugar a ser como tú. ¡Cuanto me falta para parecerme siquiera un poquito a ti!”. Y oigo la voz del Creador diciendo a los cuatro vientos: “Porque mi hijo estaba perdido y lo he encontrado”. La bestia, aquella que susurraba ha guardado silencio, ¿quién se atrevería a interrumpir al Logos eterno? Y me duermo en sus brazos como si de un niño tomando leche del seno de su madre se tratase. La paz me invade y puedo estar seguro que he vencido a la sombra, la voz que susurra, la bestia asesina.

Al terminar esta reflexión les dejo este pensamiento: “Dejémonos de jugar a ser dioses y aprendamos a vivir como seres mortales que dependen de Dios, quizá así nos vaya mejor”.

Gracias por leer. Si desea más artículos, reflexiones o sermones visite mi blog en: https://gabrielgila.wordpress.com – Si desea saber acerca de mi trabajo como mentor y asesor para personas y organizaciones, visite mi página corporativa en: www.menthor.cl  Si desea contactar conmigo para charlas, seminarios y talleres, conecte a gabriel.g@menthor.cl

Bendiciones.-

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